Segunda Parte

 
 
 
 

En las siguientes 3 piezas Clase Azul Spirits celebra a los indígenas mexicanos en convivencia con las creencias de sus dioses de épocas prehispánicas.

 
 
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En el mundo de la cultura náhuatl hay cuarenta clases de magos pertenecientes a la época prehispánica antes de la conquista, cada uno de ellos con funciones, habilidades y magias diferentes. Algunas maléficas y algunas otras bondadosas. Los primeros escritos sobre este tipo de magia los hace Alfredo López Austin en su escrito “Cuarenta clases de magos del mundo Nahuatl”.

El cuento menciona que si usted está en el campo y se topa con un animal en su camino, obsérvelo. Si puede, métale la mano en el hocico: si tiene un hocico baboso, es una deidad del monte que no buscará ningún mal para usted, pero si siente grandes hileras de dientes, entonces debe matarlo.

Un nahualli puede ser un lector de libros sagrados o un dominador de las nubes de granizo o un curandero o todo esto al mismo tiempo.

Hay cuarenta magos, pero el nahualli es el único que puede transformarse en otro ser. Los nahuales son dioses que adquieren figuras humanas y animales: pueden convertirse en leones, caimanes, lechuzas, serpientes… y en perros. Debe saber que también se convierten en fuego.

Esta historia narra a detalle la visión de la cultura náhuatl respecto a los Nahuales. La botella entonces, es una representación de la hilera de dientes que puede ser encontrada en el hocico de estos seres, mientras que su caja, represeta la mandíbula abierta del mismo nahual, mostrando sus dientes y haciendo brotar sangre de los corazones de todos aquellos animales y humanos que se cruzan en su camino.

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La zona arqueológica de Ek-Balam, que significa “lucero jaguar o jaguar negro”, es el área donde se llevaba a cabo el juego de pelota que tiene más de tres mil años de antigüedad. Un juego en el que se realizaban pases con la pelota de caucho golpeándola sobre todo con la cadera o el antebrazo, el fin era insertarla en uno de los dos aros localizados en lo alto de los muros diagonales. En algunos lugares de México, como en el noroeste, también le llaman Ulama, el juego de la vida y la muerte, la lucha de los opuestos y la dualidad. En la antigüedad representaba el movimiento del cosmos, y el término y comienzo de los ciclos. En épocas prehispánicas quienes jugaban el juego de pelota o Ulama eran considerados dioses o guerreros cósmicos, y era un honor perder la cabeza en este juego.

 
 

Esta botella mitad blanca y mitad negra, simboliza esa dualidad del mundo, la lucha entre lo luminoso y lo obscuro, la muerte y la regeneración, la entrada y salida de los astros en el horizonte, el sol.

Algún guerrero, después de perder la cabeza en el juego, como premio por haber ganado la lucha, tendrá el honor de usar esa puerta del inframundo para entrar.

Su caja representa al árbol de la vida, a todas aquellas almas de guerreros triunfadores que lograron llegar al inframundo, cruzando esa obscuridad para entrar a la luz. A su alrededor, en fondo obscuro, todas aquellas almas que no lograron vencer en la lucha.

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El origen de los altares de muertos se remonta a la época prehispánica, más allá de los tres mil años. En la celebración de Día de Muertos se honra a los difuntos que tienen “permiso” para venir al mundo de los vivos, se les ofrecen sus alimentos favoritos y dejan sobre la mesa sus artículos más cercanos. Antes de la llegada de los españoles esta celebración se llevaba a cabo en agosto después de la cosecha, que era parte de la ofrenda a un visitante distinguido, así se consideraba la visita de los muertos. Celebraban y honraban también la visita del gran dios de la muerte.

Después esta festividad se recorrió a los días 1º y 2º de noviembre, para los católicos los días de Todos los Santos y de los Fieles Difuntos, adaptando el ritual indígena a las costumbres de esta religión. Así se hace ver el sincretismo en la cultura mexicana. En los altares, se acostumbra poner cuatro cirios, simbolizando la cruz católica, o los 4 puntos cardinales, así los muertos sabrán llegar y también regresar a su mundo.

La historia de ésta botella inicia con su tapón, el cual es una representación del “Pan de Muertos”, uno de los elementos más significativos ofrecidos a los fieles difuntos durante su fiesta.

Las calaveras asomando su rostro en la botella, hacen alusión a su visita a la tierra, participando con los vivos ese espíritu festivo y recordándonos el destino que todos compartiremos algún día.

Y finalmente, las flores y los coloridos rombos que visten la base de la botella, dan vida al altar de muertos, representado en este caso por la botella.

Su caja por otro lado, es una representación del tradicional papel picado que suele usarse para colorear esta festividad y los altares dedicados a los seres queridos, ya difuntos.